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No necesitamos otro Heroe.
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Hoja de Coca de Huancavelica

Huancavelica en reportaje

No necesitamos otro Heroe.
No necesitamos otro Heroe.
El sol comenzaba a asomarse sobre la ciudad, el viento gélido de agosto cortaba el aliento de las personas que aún bebían y bailaban desde la noche anterior, la triste melodía de un violín, al son de huayno, se hacia notar entre el murmullo de la gente. Ahí estaba él, parado en una esquina de la plaza, era un hombre gordo, de cara achatada y regordete, labios bembudos, no tenía nombre, lo llamaban ‘el loco’, vestía una polaca verde descolorida, sujetaba su cintura con una correa de cuero, calzaba unas polainas hasta las rodillas sujetadas con pasadores de colores, colgaba sobre el hombro derecho un pedazo de rama de eucalipto atado con un cordel de cáñamo, él suponía que era una metralleta, su mirada era fija y vigilante como si estuviera alerta a un sorpresivo ataque, miraba a todos y pareciese que no veía a nadie, sus cabellos erizados lucían un perfecto corte, las patillas recortadas y rasuradas. Nadie sabía de dónde había venido, quiénes eran sus padres, por qué se había vuelto loco, por qué –en su desvaríos–, creía que era un policía, solamente sabían que por alguna razón estaba loco, sobre él se tejían muchas historias, algunos decían que era un estudiante no muy aplicado y que de tanto leer novelas policíacas se le había dado por adoptar el papel de un policía, otros que era un aspirante al cuerpo de policía y una frustración le produjo la locura, algunos otros se aventuraban a compararlo con El Quijote por su locura y lo singular de su ropaje aunque, él más parecía Sancho Panza por lo regordete de su figura, pero lo cierto era que la gente le había tomado un cierto cariño porque en su locura no había hecho mal a nadie; y hasta la misma policía le seguía la corriente en sus disparatadas locuras, se podría decir que era un miembro más de la policía nacional. De día se le podía ver en la puerta de la comisaría, cual si fuera un centinela, y de noche solía dormir en banco de la vieja estación del tren. Su fama había trascendido las fronteras de aquel pueblo al punto que era motivo de sesudos análisis en los bares de la ciudad. Ciertamente no eran buenos tiempos porque la violencia terrorista había menguado la alegría de aquel pueblo. Iban a dar las ocho de la mañana la gente seguía bebiendo y divirtiéndose, acaso queriendo olvidar el miedo que sentían ante la situación violenta que les tocaba vivir, los cohetes retumbaban la plaza, ahora él se desplazaba de un lugar a otro, sonriendo y saludando, como lo hace un militar, a todo aquel que se cruzaba con él y de vez en cuando se volvía a colgar sobre el hombro el pedazo de rama que tenía por arma, tal vez su inocente sonrisa no le hacia presagiar lo que mas tarde le iba a suceder. Toda la gente del pueblo se había acostumbrado a su presencia, porque a pesar de su locura no había dañado a nadie, mas bien; se divertían con sus chifladuras, él sin duda se creía un agente de la ley y que su misión era perseguir a los ladrones y rufianes, incluso arriesgando su propia vida, en ocasiones dirigía el tránsito en calles en donde al día transitaban uno o tres autos, algunas veces se le veía dirigiendo nada más y nada menos que al tren, no era raro verlo algunos domingos encabezando el batallón de la policía en los desfiles donde su presencia era todo un show porque saludaba con porte militar a las autoridades locales, con la mano firme sobre el kepí viejo que llevaba puesto, juntando con fuerza los tacos de su polaina y lo divertido era que ellos devolvían el saludo esbozando una pequeña sonrisa, aunque a algunos no les caía simpático, como al cura del pueblo, que le tenía cierta tirria porque en una ocasión nuestro héroe ingresó a la iglesia, apiló varías bancas una sobre otras y arrancó una de las lámparas de cristal que colgaban del techo, salió y se los dio a los mendigos y les dijo: –Vendan esta lámpara y compren comida. Los mendigos se quedaron pasmados y no dudaron en aceptar tamaña propuesta y salieron corriendo, todo ocurrió rápido, el cura salió furibundo acompañado de sus acólitos, levantándose la sotana con las manos, reprendió al loco diciéndole: –Acaso te volviste loco. –No es cierto que la iglesia es de los hijos de Dios –replicó–. Sólo hice lo correcto, les di a los hijos de Dios lo que les corresponde. Al ver que era inútil entrar en razón con él, el cura volvió a entrar a la iglesia murmurando agravios, mientras que las pocas personas que habían sido testigos del hecho se limitaron a sonreír. En otra ocasión nuestro héroe fue duramente golpeado, todo comenzó cuando llegó el circo al pueblo, los cuales trajeron animales: un pony, palomas amaestradas, un canguro enfermo y un oso pequeño, todos ellos enjaulados. En la noche, horas antes de la presentación del espectáculo, él ingresó al circo y al ver a los animales encerrados, pensó en -sus desatinos-, que la prisión de estos animales era injusta porque no habían cometido crimen, en efecto, pidió hablar con los encargados de las jaulas y les preguntó: -¿Por qué tienen en prisión a los animales? ¿Cuales eran los crímenes de los que se los acusaban? –A qué se refiere usted. -respondió uno de los encargados y en son de broma le dijo: – ¿Acaso, tú eres tarzán de la selva? y se rieron a carcajadas. –Yo represento a la ley. –Respondió él–, y les ordeno en nombre de la policía que liberen de inmediato a aquellos inocentes. Ellos se retorcían de risa mientras se alejaban fuera de la carpa. Nuestro héroe cogió una varilla de acero con la cual forzó y rompió las cadenas que aseguraban las jaulas y liberó a los animales, y al verse libres salieron disparados cual si fuera una estampida, las palomas alzaron vuelo fuera de la carpa. Estaba por comenzar la función, de repente, los niños comenzaron a perseguir al pony, la gente comenzó a huir del circo porque el canguro los había asustado. Al ver lo sucedido dos fornidos levantadores de pesas, llenos de ira buscaron al responsable y al encontrarlo, sin mediar palabras, le propinaron patadas y puñetes; los gritos y golpes se escucharon fuera de la carpa, pero a pesar de los golpes, él seguía diciendo: –Aquellos animales no merecían la cárcel. Solamente cuando intervino un policía, se detuvo la agresión, dejaron a nuestro héroe tendido sobre el suelo, con varias costillas rotas y escupiendo sangre, de inmediato lo subieron sobre una manta y lo llevaron al hospital, en el suelo quedaban el kepí viejo y el ‘arma’ de nuestro héroe. Estuvo casi un mes postrado en cama, tenía vendado el pecho y diariamente recibía la visita de un amigo suyo, un hombre que se ganaba la vida cantando en cuanta feria había, le preguntaba: – ¿Cómo se siente, mi valiente policía? Él respondió –Los golpes que recibí son los riesgos a los que estoy expuesto en hacer cumplir la ley. Él llevaba algunas frutas y le cantaba canciones de “El picaflor de los Andes” una de ellas decía: Tal vez mañana no vuelvas a verme, mis sentimientos mi amor se habrá muerto, pero mi nombre será tu calvario y mis recuerdos tu eterna agonía. Al escuchar la canción, a nuestro héroe le brotaban unas lágrimas, ¿le hacía recordar a alguien?, parecía que por ese instante volviera a la cordura y le pedía que repitiese nuevamente aquella canción y así pasaron todas las tardes hasta que logró recuperarse y salió nuevamente a la calle. Ya era medio día y la fiesta había comenzado a entrar en efervescencia, cuando de pronto las patrullas de la policía comenzaron a rondar la plaza con sus estridentes sirenas, habían colocado en las faldas del cerro una bandera roja, no se olviden que vivíamos una época de miedo y terror, nuestro héroe como siempre ágil y solícito se puso a disposición de sus superiores, en efecto, habían venido a buscarle, se subió a la patrulla y se fueron junto con él. Eran las cuatro de la tarde, todo era silencio, se temía lo peor, los terroristas, habían enterrado explosivos alrededor de la bandera para impedir que alguien se atreviera a quitarla, ningún policía se atrevió ni siquiera a acercarse a diez metros de la bandera, sin embargo, nuestro héroe, salió del patrullero como si, en sus desvaríos, hubiera recibido una orden de quitar aquella bandera y se abalanzó dentro del cerco de seguridad, sospechosamente los policías no lo detuvieron, fue la última vez que lo vimos, algunos dirán que fue un héroe, otros lo seguirán comparando con El Quijote: “Loco, pero gracioso”, “Valiente, pero desgraciado”, “Cortés, pero impertinente” y tal vez ni siquiera merezca un epitafio como el Ingenioso Hidalgo. El sol se escondía entre las cumbres de la ciudad. Por Fredy Ayuque Anccasi. Huancavelica.
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