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Huancavelica en reportaje

La Revolución de los Espíritus
La Revolución de los Espíritus

Muchas veces en la historia, el mundo del espiritualismo y el misticismo ha estado ligado al mundo del poder político; nuestro país no es ajeno a eso: en los últimos tiempos hemos podido ver la firme creencia en brujos y adivinos que tuvieron el dictador Fujimori y el ex Presidente Alejandro Toledo, y si vemos atrás en la historia de nuestra república, lo veremos aún más: el poder político y los gobernantes siempre han creído, de una forma u otra en lo sobrenatural.

Pocas veces en la historia peruana ha existido un caso en el cual el mundo de lo paranormal haya jugado un papel, en el cual estuviese a punto de cambiar el curso de la historia, como el que paso a relatarlos: esta historia que les presento, es la que fue recogida por el ya fallecido escritor Guillermo Thorndike, en una serie de conversaciones con el actual Presidente del Perú, Alan García y el ya fallecido dirigente aprista César Atala, acaecidas en diciembre de 1984 y recogidas por Thorndike en su libro “La Revolución imposible”; lo que les presento en varias partes, en una síntesis de esta extraña y apasionante historia: puede parecer algo larga, pero si no la mostrara así, uno perdería datos muy importante (ojo, este no es una copia absoluta); acá les presento, lo que la historia conoce como “La revolución de los espíritus”

Este insólito suceso tuvo lugar -podríamos decirlo así-, a partir de la primavera de 1936, pero en realidad, la historia empezó nmucho antes: durante la Era de Leguía (1919-1930), el departamento de Huancavelica había sido la auténtica propiedad de Don Celestino Manchego Muñoz: jefe de montoneras, perpetuo ministro y, salvo una corta desgracia a la caída del tirano, ininterrumpido representante al Congreso por esa región del país. Famoso en los años ‘20s del siglo pasado, las edad lo obligó a retirarse de la escena pública en los ‘60s.

Más de una vez se había puesto a la cabeza de 200 jinetes para imponer respeto a su condición de “principal” de Huancavelica. La más importante de sus haciendas, “Sinto”, era más grande que Bélgica.

A ella se agregaban, a modo de satélites de su cacicazgo, medio centenar de fundos. A Manchego, rabioso antiaprista, lo buscaban los candidatos: era imposible que perdiera una elección; todo le pertenecía: jueces, ánforas, autoridades, caminos, policías,… electores.

El "Tren Macho"

En Lima se alojaba en el Gran Hotel Bolívar y más tarde, en mansión que se hizo construir. Una vez al año dejaba la capital para controlar personalmente sus intereses en la cordillera. Viajaba por el tren Transandino hasta Huancayo; ahí lo esperaba su célebre “Tren Macho”: una locomotora de 2 vagones que le compró aun archiduque en desgracia y que trasladó desde los Balcanes hasta los andes. Se le llamaba así por que se detenía “a lo valiente”, en cualquier parte de la línea, simplemente donde lo mandara Don Celestino: el humilde tren de itinerario se quedaba a veces inmovilizado a veces toda la tarde, mientras terminaba de almorzar con un compadre a la mitad del camino. Ya en Huancavelica, lo recibían en la estación de 2 a 3,000 indios de sus haciendas, para cargarlo en hombros hasta el hotel. Después de un descanso, en el cual la indiada acampaba en la plaza, Don Celestino recibía a los personajes importantes de la ciudad; a todos prestaba favores (según hubiese confirmado su fidelidad). Luego montaba en una mula con aperos de plata y seguido por caporales, látigo en mano, y con su leal infantería de indios, partía hacia sus propiedades. Mestizo fornido, de bigote espeso y espejuelos, Manchego los hacía acampar la primera noche a 5,300 metros de altura la primera noche, en medio de la nieve, para luego bajar a “sus” valles. Ahí se detenía y sin desmontar, permitía que los vecinos se le acercaran a besarle los estribos. Luego les daba un discurso en quechua (idioma que hablaba desde la infancia); llamaba, a los indios “sus hijos amados”,… y los reprendía por emborracharse y no entregarle la totalidad de sus cosechas: luego los perdonaba y ordenaba al mayoral que distribuyera una enorme bolsa de monedas de plata entre sus “hijos”. Picaba espuelas y desaparecía en una polvareda,… solo para detenerse en el próximo recodo para esperar al caporal que le daba alcance para devolverle las monedas. Tres de sus mayorales fueron asesinados. Otro murió de viruela y un quinto renunció: casi sesenta años tardó la indiada en descubrir el engaño.

Augusto B. Leguía

En 1928, Don Celestino solo tenía un enemigo político de importancia en Huancavelica: era el Doctor Pedro A. Carrasco, un abogado de fortuna menguante, al que Manchego, primero como Ministro de Fomento y Obras Públicas, y luego como Ministro de Gobierno, le impedía telegráficamente toda oportunidad de prosperar. Casi 10 años cumplía ya la dictadura civilista y Carrasco, a punto de enloquecer, se había entregado fervorosamente a la consulta con los espíritus. Todas las noches preguntaba cuándo se moriría el cabrón de Celestino y si Leguía era en verdad una entidad sobrenatural y eterna,… como empezaba a parecerlo.

No se sabe por qué, pero en los años 20 del siglo pasado, el Perú sufrió una verdadera epidemia de endemoniados: seres humildes, indios en su mayoría, que en su calidad de posesos obraban maldades escalofriantes. Lima, tuvo casas sobre las que llovían piedras, cuyos muebles cambiaban de lugar en un apagar y encender la luz; huertas en las que aparecían impresas pisadas inhumanas. Encargados de una guerra particular contra el demonio, los jesuitas practicaban exorcismos en la Catedral de Lima, tal como mandaban los cánones antiguos, de noche, a veces con capuchas medievales, a la luz de antorchas, gritando conjuros y arrojando agua santa sobre los encadenados que vomitaban espuma y aullaban palabras incomprensibles.

A la vez, en la capital florecían grupos de espiritistas: los había ortodoxos, los que mezclaban la hipnosis con la clásica mesa de 3 patas, y divertidos tramposos especializados en diversidad de fraudes, pero existían algunos testimonios “creíbles” de la intensa actividad espiritista de los limeños de la época: mensajes escritos al revés, con perfecta caligrafía y solo legible, puesta contra un espejo, o cartas en sánscrito, autenticadas por el único experto en esa lengua muerta que existía en la Universidad de San Marcos; dibujos que replicaban obras maestras de grabadores europeos, hechos por la mano izquierda por un médium que, fuera del trance, era incapaz de trazar un círculo aceptable.

En Huancavelica, Carrasco era el líder de los espiritistas: en su casa habían levitado pesadas mesas coloniales, habían flotado libros, en fin, habían ocurrido prodigios de los que el vecindario hablaba a media voz. Una tarde, Carrasco conoció a un jovencito que, a juzgar por el doctor, reunía las características de un médium nato: Manuel Cenzano.


“¿Cómo te llamas?”, Cenzano, doctor. “¿Hijo de Don Manuel Cenzano? Sí, doctor. “¿Y qué problema tienes, que andas todo rotoso?”. Usted sabe, doctor, pasamos por una mala temporada,… fue su conversación. El doctor se lo llevó a su casa.

Don Manuel Cenzano había sido el más afortunado buscador de minas del Huancavelica y los andes del sur. Era, además un experto en la alquimia de su tiempo: despreciaba a los ingenieros. Para refinar y mezclar metales, nadie lo superaba,... y también había sido protector de Don Celestino, financiando sus primeras actividades políticas. Luego, cuando los negocios de Cenzano vinieron a menos, ya demasiado alto, el cabrón de Celestino “no recordaba” a su antiguo benefactor. Manuelito, su hijo, pasaba hambre, pese a ser el auténtico ahijado de Celestino Manchego.

Esa misma noche de su encuentro, Carrasco le hizo unos pases hipnóticos a Manuelito y lo dejó como piedra. Para constatar su hipnosis profunda, le clavaron agujas de arriero en las mejillas. Durante los meses que siguieron, Manuelito Cenzano se convirtió en la sensación del espiritismo: caía en trance profundo y lo poseían almas importantes, algunas francamente antiguas y, a cambio de ejercitar sus aptitudes, dormía en la casa del doctor Carrasco, recibiendo una propina los sábados.

Después se fue de Huancavelica: al fin la memoria de Don Celestino le dispensó una beca de interno en el Colegio Guadalupe de Lima, pero no duró la tranquilidad de Manuelito Cenzano; Cayó Leguía, se derrumbó Manchego y le cancelaron la matrícula; se convirtió en réprobo. A su vez, el doctor Carrasco ascendió políticamente y volvieron a encontrarse en Lima: Cenzano deambulaba por las calles sin un centavo en el bolsillo y no había comido en dos días. “No te preocupes”, le dijo el doctor; lo alimentó, vistió y llevó a su casa. Ya vinculado a importantes espiritistas de la capital, lo presentó un sábado como un gran médium; al igual que en Huancavelica, Manuelito causó sensación: era único, verdaderamente inigualable. Se los disputaban para formar “mesas”. Como era pobre, al final le obsequiaban una generosa colecta. Manuelito nunca pedía: se dejaba regalar.

El destino quiso desde mucho antes, que el entonces joven César Atala, conociera a Manuelito Cenzano. Atala era amigo de la infancia de su hermano, Tomás Cenzano. César Atala, era hermano menor del fundador, en 1930 del APRA en Huancavelica y que después de la primera persecución aprista, asumió el cargo de Secretario de Defensa. En 1936, cuando El General Oscar R. Benavides anuló las elecciones, el APRA volvió a la clandestinidad. Al explotar la revolución aprista, Carlos Atala decidió capturar el cuartel de la ciudad. No había tropa ahí en esos tiempos: solo guardias con grados de oficial. Nadie recuerda cual era su función precisa; tal vez solo eran militares de lujo, que servían de ayudantes del Prefecto. Aparte de eso, solo habian en Huancavelica menos de medio centenar de guardias civiles. Carlos Atala, era amigo de los guardias: aprovecharía eso para entrar de noche al cuartelito con un grupo de muchachos, y decidió también llevar a su hermano César. Capturaron fusiles y el cuartel, mientras otros apristas obraban por su cuenta. Había complotados entre la Guardia Civil; hubo disparos y muertos. Antes del amanecer, los jóvenes apristas se habían adueñado de la ciudad. Pero luego todo salió mal: en vez de propagar la insurrección, se atrincheraron en la ciudad. No tardaron en llegar tropas regulares para recapturar Huancavelica. Los hermanos Atala subieron a la torre de la iglesia matriz con un fusil y una bolsa de cartuchos: desde ahí impidieron al ejército tomar la plaza de armas. Vieron desde ahí entrar a la Prefectura al secretario general, Cirilo Cornejo y los suyos, a la Prefectura. Sonaron balazos. Carlos Atala decidió ver qué ocurría. Regresó junto a su hermano con la noticia: asesinaron al Prefecto a sangre fría. Había que escapar. 40 días estuvo en el monte César Atala. Ignoraba el destino de su hermano. Al fin cayó, con hambre y desarmado.

Fracasada la insurrección aprista, en Huancavelica, César Atala, capturado, fue interrogado por tres días: le atribuían el asesinato del Prefecto y el robo del costo de 50 pacas de coca, venta hecha por el secretario general, Cirilo Cornejo, para proveer de fondos a la insurrección. Los militares le dijeron que si les entregaba la plata, tal vez conseguiría un arreglo. Atala no sabía nada del asunto ni tenía nada que ver con el asesinato del Prefecto: todo el pueblo lo había visto en el campanario durante el combate. Al tercer día le dijeron que las órdenes de Lima era el pasarlo por las armas. Lo llevaron con grilletes al cementerio. De espaldas ante la tumba de su madre, le intimaron por última vez a confesar. “No tengo nada que declarar”, dijo. Sonaron disparos y le informaron: habían matado al cabo Urquizo a su lado: era otro complotado, y que él lo había acusado como culpable del asesinato y del robo,... pero todo fue un simulacro para hacerlo confesar. Dado que el intento fue en vano, esa misma noche los despacharon encadenado a Lima una semana después, estaba en El Frontón.

El mismo día que lo soltaron, a fines de 1937, se encontró en una calle de Lima con Manuelito Cenzano.

“Supe que te metieron preso por los del Prefecto”, le dijo Cenzano. “Yo no fui y el gobierno lo sabe: me simularon un fusilamiento, espantoso,… ¿y tú?”

Manuelito tenía aire de potentado: casimir inglés, camisa de seda, buena corbata, reloj de oro, perfumada apariencia. “Es que ahora me muevo con gente de importancia” –le dijo-, “vamos: yo sé lo que es el hambre y seguro no has almorzado. Yo invito” Lo llevó a un salón de té de los finos, con señoras que miraban con evidente desagrado: Atala no quería entras con sus ropas de preso reciente. “Vamos César, no te achiques”, exclamó Manuelito. César Atala no pudo disimular su apetito: había perdido 10 kilos de peso en la isla. Atala comía y Manuelito le contaba su vida:

“…Me cansé de las propinas, César, y de que me estuvieran hipnotizando; ¡esta ciudad es un regalo!,… tienes que escuchar, moverte en el ambiente adecuado. Aquí sabes quién se acuesta con el marido, si la mujer es fiel, cómo se llama el amante, cuántas queridas tiene el ministro, quién roba y cómo lo hace. Hay que “levantar las antenas” y escuchar,… documentarse, leer, preguntar, es fácil. Conozco el árbol genealógico de todos los influyentes, ¡y no me pierdo ni un velorio!; es donde más habla la gente”.

“Ya no me dejo hipnotizar: yo caigo en mi propio trance y me creen: a ciegas me creen. No te imaginas la influencia que tengo,…un día me hice pasar por un buscador de minas del siglo pasado, ¡y los pendejos preguntaron me preguntaron si sabía de alguna mina perdida!, ¿Cómo no voy a saber?,… si mi papá las tenía inventariadas y al final le faltó dinero para explotarlas. Así que les dí la ubicación exacta de una mina de plata,… mandan ingenieros y la encuentran, ¡justo en el sitio!; ¡me hice grande!!,…Ahora voy a sesiones de espiritismo previa cita. Me hago de rogar. Los de la mina me dieron 5,000 soles,…y deben haber ganado millones”.

“…Yo acepté, me hice el humilde, el agradecido. Pero el minero muerto “no quiere regresar de ultratumba”,… y mientras tanto, soy el médium más conocido del país”.

…¿Y ganas bien?,… -, preguntó César Atala. “Lo que quiero”, fue la respuesta. Manuelito lo llevó a su casa. Cenzano le preguntó al día siguiente, si sabía que Víctor Raúl Haya de La Torre, el fundador y líder del APRA, practicaba el espiritismo.

¡No puede ser: esa sí no te la creo!!,… -, protestó Atala. “Claro que sí” –explicó Manuelito-,… “yo no lo he visto, por que está escondido, pero a la joyería de Don Jorge Fort, donde se usa su trastienda para hablar con los espíritus, nos manda a un comerciante, un señor Pérez León, para que haga preguntas. Te lo voy aprobar. Haya cree que sufre una afección al hígado y yo hago que se eche y que levante una pierna para saber si le duele o no le duele. Además, le he recomendado que haga dieta, que seguramente la necesita,….un hombre perseguido debe llevar una vida desordenada y comer mucha fritura, mucho alimento guardado, recalentado. Y claro, parece que se está sintiendo mejor.”

Atala seguía sin creerle, por lo que Manuelito se obstinó y le dijo: “no solo tu jefe me hace consultas: a la joyería viene Antonio Rodríguez”.

“¿El General?,…” se sorprendió Atala. “El mismo”, replicó Cenzano. ¿Me estás hablando del Ministro de Gobierno de Benavides, el que nos tiene perseguidos a todos los apristas?,….

Manuelito sonrió: “…¿Y sabes por qué me cree todo lo que le digo?”,… -agregó Manuelito-, “por que Sánchez Cerro también era espiritista y yo lo conocí: Carrasco me llevó varias veces a su casa de Miraflores, y le aprendí la manera de hablar, de moverse”.

Luis Miguel Sánchez Cerro; gobernante de 1930-1933

“Tú me conoces, César: sabes que siempre he sido buen imitador, y a Sánchez Cerro se las “pesqué todas”: la forma de poner la mano a la que le faltaba un dedo, sus dichos, su acento piurano, sus palabrotas, su manera de razonar, su lenguaje militar, su postura, sus gustos. Rodríguez fue jefe de su casa militar. Lo trató íntimamente. Así que decidí jugármela tan pronto vino a una mesa y me hice pasar por el espíritu de Sánchez Cerro: ¡bien bonito conversamos!,… el hombre quedó convencido.

- …¿Te das cuenta, Manuelito, lo que esto significa?,…
- Podríamos hacerlo Presidente de la República. Tiene el Ministerio de Gobierno; si tuviera el apoyo del APRA,...
- ¡Pero cómo se te ocurre que los apristas van a ayudarlo, si Rodríguez es el enemigo!,.. –se molestó Atala-,… es Rodríguez quien quiere exterminarnos, ¿por qué habría de cambiar de opinión?,…

- ¿Y para qué están los espíritus? –sonrió Manuelito-, para guiar y orientar a hombres como él. ¿Ya entiendes?,…

Atala era un joven sin mayores conexiones con la clandestinidad aprista: el partido se había sumergido en lo más hondo de sus catacumbas. A menos que estuviese uno incorporado al aparato subterráneo, nunca encontraría a un “compañero” aprista dos veces en el mismo sitio: simplemente, el APRA parecía haberse evaporado. Estaba ahí, “debajo”, pero no existía. César Atala casi se daba ya por vencido cuando Manuelito le ofreció conseguirle dinero para que viajara a Chile y buscar a los apristas desterrados: Manuel Seoane, líder de los desterrados en Chile, tenía que mantener contacto con Víctor Raúl Haya de La Torre, pensaron.

Atala encontró a Seoane en Santiago y se hicieron amigos. Manuel Seoane envió mensajes en clave al Perú, por medio de un correo personal; Víctor Raúl estaba interesado en el plan. César Atala regresó a poner en marcha la “revolución de los espíritus”, desembarcando en el Callao en febrero de 1938. La conspiración con ayuda de “los espíritus” estaba ya en marcha. Al pasar su barco frente a la Isla de El Frontón, fue informado de que su hermano estaba preso ahí, y que compartía celda con el creador del prodigio que era la organización aprista en la clandestinidad: el nombre del creador era Carlos García Ronceros, padre del hoy Presidente del Perú, Alan García.

Llegando ya a esta parte de tan extraña e increíble historia, prefiero dejar el relato al ya desaparecido dirigente aprista César Atala, en un resumen tomado de su experiencia, y tal como fueron recogidas por Guillermo Thorndike en su obra “La revolución imposible”, transcritas de una conversación en la cual estuvo presente el autor, Atala y el hoy Presidente Alan García, en diciembre de 1984:

“Volví al Perú en 13 de febrero de 1938” –relata Atala-, “me acuerdo muy bien de la fecha. Ni siquiera en El Callao los controles eran eficientes, pero de todos modos vivías una película de suspenso, por que entonces era un país pequeño y mucha gente te saludaba por la calle”,…

“Debíamos movernos con los nombres cambiados y andar poniendo cara de inocencia para que no nos siguieran o nos volviesen a meter en el calabozo, cuando nos preguntaban: “oiga usted, ¿y qué estaba haciendo en Santiago, en Valparaíso?,…” Pasabas la aduana en puntas de pie, con el equipaje “limpio” y con una carta en el bolsillo dirigida a Margot Valverde -quien no existía-,... con la letra de “Manolo” Seoane, que era inconfundible y expresando una cantidad de incoherencias, que ni siquiera podías descifrar: así, ya estabas dentro del aparato clandestino,… y todo eso, en una Lima chiquitita, donde era imposible no encontrar conocidos a la vuelta de la esquina.”

“…Uno bajaba como otra persona del vapor, ¡y se iba encontrando con amigos que te saludaban por el nombre verdadero, mientras pasabas por la Aduana con la falsa identidad: se te helaba la sangre! En el Terminal me esperaban cuatro “dorados” (miembros de la guardia aprista), y Juanito McDonald, con quien estuve preso en El Frontón. Nos abrazamos y me dijo:

-Hermano, no te vayas a molestar, pero para llegar al “Jefe” tienes que ir con los ojos vendados. Lo hacemos por ti mismo, para darte la seguridad de que si caemos y te torturan, no vas a delatar al “Viejo”.

“Me pareció muy bien. Igual se hacía en las películas de espionaje y de misterio de esos años. Me taparon los ojos y empezamos a andar en una carcocha, un taxi de esos viejos y enormes, con los amortiguadores medio vencidos, y dábamos vueltas y vueltas hasta que ya empecé a cansarme:

-…Oigan, ¿y hasta cuando va a durar el paseo?,… mas bien vamos a parecer sospechosos, de arriba para abajo con un pasajero encapuchado,…-, les dije.”

“Lima era un dedal: uno terminaba por identificar los baches,… Al fin nos detuvimos, ¡y cometen la tontería de quitarme la venda en la calle, antes de entrar en la casa!, y digo:

- “¡Caray, que casualidad!, aquí enfrente tengo un compadre!”,…

“…Resultaba que el “Viejo” estaba escondido en el 224 de la calle Carlos Arrieta de Barranco, ¡y con todos los “dorados” en la puerta: poco más y les faltaba poner un farol!! Juanito se enfureció conmigo: “¡cállate la boca, va a escuchar el “Viejo” y nos someten a todos a disciplina!!”,…

El encuentro con “El Viejo”
“Haya de la Torre me recibió con mucho afecto, hizo muchas preguntas sobre los desterrados de Chile. Toda la noche estuve con él. Primero hablamos de todo lo ocurrido en la revolución de Huancavelica. Al fin, pude mencionarle el asunto que me llevaba a su escondite. ¡Lo hubieses visto, cholo, la furia que le vino!; ¡Nada con Cenzano: no quería ni verlo! Decía que era un ignorante, un tramposo: el “Viejo” creía profundamente en el misterio de la vida, en una fuerza superior. No era muy católico; gradualmente se reconcilió con el cristianismo. Iba mucho a las iglesias, no a vivir el rito, sino a conversar con los curas. Sentía pasión además por la arquitectura religiosa y por la historia de las religiones. Era difícil conversar con él por su famosa radio, enorme, vieja, que la ponía a todo volumen. Tenía una obsesión por las noticias que llegaban por onda corta durante la noche. Se había acostumbrado a la vigía nocturna. Tenía temor y desconfianza por la noche”.

“Yo le expuse crudamente el plan: Rodríguez creía en Cenzano,… o en el “Sánchez Cerro que hablaba por boca de Cenzano”. Aquella noche recibí una lección; (Haya de La Torre), creía en el espiritismo y estaba abierto a toda clase de experimentación de toda clase de fenómenos paranormales, siempre y cuando se hiciera con un mínimo de seriedad. No le gustaban los charlatanes y consideraba que Cenzano era un tramposo redomado,… pero entonces, lo que ocurrió, escapa a toda imaginación,… a las seis de la mañana conseguí que “El Viejo” aceptara el plan”.

- Ten mucho cuidado,… -me dijo Haya-, todos corremos peligro,…

“Me fui de nuevo dando una cantidad de vueltas” –prosiguió César Atala-, “hasta que me dejaron en una esquina donde pude abordar otro taxi, ¡imagínense mi “clandestinidad”!,… con una maleta de esas antiguas, muy pesadas, en una esquina, a la espera que alguien me llevara”.

General Oscar R. Benavides (gobernante de 1933-1939)

“Le conté todo a Manuelito: no le conté que “El Viejo” tenía una pésima opinión de su persona, pero me dí con la sorpresa que, durante mi ausencia, había cambiado de opinión”.

“…¿Y si fracasa?, ¿se me termina el negocio?, ¿de qué voy a vivir, si a mi familia la han arruinado?”, me dijo. Venía de pasarme una noche en vela, convenciendo al “Viejo” y ahora tenía que repetir los mismos argumentos para que Manuelito no fuera a rajarse.

Ya “El Viejo” había dado en el clavo: estábamos en vísperas de la Segunda Guerra Mundial y el General Benavides –vaya uno a saber porqué razones-, tenía simpatía por Hitler, por Mussolini, y estaba convencido que Alemania saldría victoriosa de toda confrontación”.

“El plan consistía en que “los espíritus” tenían que explicar a Rodríguez, el Ministro de Gobierno, que “estaban en contra del fascismo” y a la vez, enseñarle los valores de la democracia. Ahí al fin Manuelito recobró su audacia,… sin embargo, la política no era su fuerte: necesitaría libretos; alguien tenía que poner por escrito “su discurso como espíritu”. Así fue que “El Viejo” se mudó a la casa de Don Augusto Benavides, su amigo, en La Tapada: ¿quién iba a encontrarlo ahí?, ¡Don Augusto era hermano de Paquita, la esposa del Presidente!!! A nadie se le ocurriría vigilar ese lugar y yo podía entrar y salir con frecuencia, sin temor a que me estuvieran siguiendo,…”

Se inicia la conspiración de los espíritus

“…Manuelito Cenzano comenzó a interpretar al espíritu de Sánchez Cerro,… y los libretos pertenecían a Haya de la Torre” –prosigue la historia César Atala, testigo presencial y partícipe de la Revolución de los espíritus-, “al fin me llevó Manuelito a presentarme a los “hermanos espiritistas”, entre ellos, al “hermano” Rodríguez (Ministro de Gobierno de Benavides) Yo me imaginaba a un hombre rencoroso, que debía maldecir a los apristas cada vez que le dolía el pedazo de bala que se le quedó incrustado en el hueso, en el atentado de Miraflores, pero no, todo lo contrario: era un tipo muy limpio; no era culto, pero sufría de una inmensa ansiedad histórica,… en realidad demandaba a los espíritus que le dijeran si la suya era “la causa correcta”: imagino que sentía la miseria del Perú, que se daba cuenta del abandono de los pobres, y él era justamente el guardián del sistema, el perseguidor, el hombre más temido del país. No es una exageración decir que tenía el poder sobre la vida y la muerte de los gobernados: encima suyo, solo el Presidente y Benavides le tenía confianza casi total, por eso, parecía preguntarse si estaba en el bando espiritualmente bueno”.


“Ya incorporado yo a las sesiones espiritistas, pude comprobar que Cenzano era un artista incomparable: había llegado a dominar a la perfección el papel de Sánchez Cerro. Tenía también otros “personajes”: un cura dominico, un oficial voluntario que había muerto en la Batalla de Chorrillos, y de vez en cuando, para ponerle emoción, “dejaba entrar” a “un espíritu del mal” (que los “hermanos” llamaban “larvas”), y que jodía, se negaba a responder, y no quería irse”.


“Para esto, no se podía romper la cadena: todos agarrados de las manos, en torno a una mesa de tres patas y sin clavos, en la parte trasera de una joyería en el centro de Lima, hasta que “llamaban a un espíritu bueno” y entonces, Cenzano se retorcía, sudaba, botaba saliva y “expulsaba la larva”,…y entonces se oía la misma voz de Sánchez Cerro, saliendo de sus labios: era impresionante,…”

“Rodríguez pidió que las sesiones se repitieran con más frecuencia. “El Viejo” se mandaba unos libretos buenísimos; Manuelito tenía una memoria bien entrenada, casi prodigiosa. Poco a poco, le “abrió” la inteligencia a Rodríguez: hubo un momento en que estaba ya convencido de que no podía apoyar al nazismo ni al fascismo contra la democracia ni contra los valores espirituales y el bien del Perú. Comenzó a identificar esos valores con los valores del partido (el APRA) Poco a poco, se fue convirtiendo al aprismo” –, relata Atala.

“Yo sabía ya que podíamos confiar en él, y que había llegado el momento de que se encontrara con “El Viejo”, así que fui y se lo propuse. Entonces saltó Jorge Idiáquez (amigo y guardián personal de Haya de La Torre), y me increpó duramente”:

-“¡Eres un instrumento: esto es una confabulación para matar al “Jefe”, cómo se te ocurre proponer semejante barbaridad,… que salga a darse encuentro con quien ha sido nuestro cuchillo!!!”,…

“Le respondí que yo iría solo con Rodríguez, disfrazado como chofer del ministro:

-“…Tú anda con todos “Los Dorados” que quieras, armados con ametralladoras. Estoy seguro que Rodríguez no va a tener consigo ni siquiera una lima de uñas”-, le dije.

“Entonces finalmente intervino “El Viejo”: “averigua primero qué quiere Rodríguez y consúltame. Tampoco creo que se trate de una emboscada: hemos ido demasiado lejos. Ese hombre ha escuchado muchas ideas que no conocía; tienen que haber tenido efecto en su conciencia”.

“Me pareció decisivo para cambiar el curso de la historia” –prosiguió su relato César Atala-, “y al día siguiente me fui a buscar a Rodríguez a su despacho”.

- “¿Podemos hablar con toda franqueza? -, le dije.
- Claro que sí, amigo Atala.
- ¿Usted sabe que yo soy aprista, que he estado preso, que mi hermano Carlos está en El Frontón?,…
- Por supuesto -, me dijo.
- Bien, yo he venido a decirle, Ministro, que el señor Haya de La Torre estaría feliz de reunirse con usted, pero que piensa que puede tratarse de un complot contra su vida,…”

“Rodríguez se quedó en silencio, reflexionando”.

- Yo también tengo interés en conocerlo,… -me dijo el Ministro.

“Ví que abría su escritorio y sacaba unas hojas:

- … Y dígale usted, mi querido amigo, que le estoy dando estas páginas que describen la vida cotidiana del señor Haya de la Torre, con quiénes se ha visto, a quiénes ha hablado y dígale que esto lo sabe el General Benavides, a quien no le interesa tenerlo preso. Puede usted decirle de mi parte que, si yo quisiera, lo tendría adentro en menos de quince minutos. Y dígale algo más,… dígale que toda esta información la tenemos gracias a un dirigente de su partido,…”

“Me entregó las hojas y todo estaba ahí, exacto” -, aseguró Atala.

“Yo tuve varios encontronazos con El Viejo, antes de la entrevista con Rodríguez” –cuenta Atala-, “yo era de la opinión de que debíamos infiltrarnos en el gobierno, que los apristas más leales obtuvieran “carnet de soplones” y, con las armas del gobierno, tomar el poder. El Viejo me contestó que no tenía confianza en los cuadros del partido. Siempre desconfió de las milicias populares opuestas a un ejército de oficiales profesionales. Recordó la experiencia de 1932”.

-¿Quiénes son esos cuadros?-, me espetó Haya.

“Tuve que callarme: salíamos con Armando (Armando Villanueva del Campo, legendario dirigente aprista, aún con vida), a tirar latas rellenas con pólvora o dinamita, para hacer ruido, para mantener despierta a la población: eso era todo. Finalmente, se dio el encuentro”.

Víctor Raúl Haya de la Torre

El encuentro entre Rodríguez y Haya de la Torre
“Fue tremendamente emotivo: el perseguido y el perseguidor. Ambos eran peruanos, ambos querían lo mismo: la división la habían puesto intereses ajenos a ambos. Se abrazaron. Se miraron,… tengo la impresión de que hubo lágrimas en los ojos; debe haber sido una experiencia tremenda para los dos. Conversaron a solas, sin que nadie pudiese interrumpirlos. Hablaron mucho rato. Cuando salió Rodríguez, ya el Golpe de Estado estaba en marcha,…”

La historia final de las ánimas fracasadas
“Aprovechamos una ausencia de Benavides” –finaliza su relato César Atala-, “el General Benavides estaba ese día en un buque de la escuadra; Rodríguez era dueño de Lima. Tenía todo bajo su mando,… sin embargo, todo salió al revés”.

“Hubo órdenes que se perdieron en el camino y, a mi juicio, una falta de definición: ¡mejor hubiese sido que Rodríguez anunciara públicamente su vinculación con el APRA, a la vez que confirmaba su adhesión a los sistemas democráticos y su rechazo a los sistemas totalitarios y fascistas! Los apristas le tenían desconfianza y temor; había sido duro: muy duro”.

“El partido debió poner gente en la Plaza de Armas y esa gente no llegaba: terrible,.. un ambiente muy pesado. Rodríguez era dueño del poder y a la vez de nada; ¿quién lo vitoreaba?, nadie. Bastó que fallaran ciertos enlaces en la hora crítica: a Rodríguez lo seguían 60, 80 oficiales, pero no estaban ahí ni los apristas ni los antiapristas: una soledad tremenda. Manuelito Cenzano estaba junto a Rodríguez”.

“Rodríguez ya era Presidente: hubiese salido el pueblo a vitorearlo y asunto concluido. El manifiesto lo escribió Victor Raúl,… y no llegó a leerlo por que no estaba ahí la Radio Nacional. ¿Por qué no se movilizaron las bases del APRA?, misterio. ¿Dónde se quedaron detenidas las órdenes?, misterio”.

“En un ambiente cada vez más difícil salió Rodríguez y su junta al patio de honor de Palacio de Gobierno. A su derecha estaba Cenzano. Rizo Patrón, que estaba al mando de una ametralladora, no tenía idea de la conexión entre Rodríguez y el APRA: él era uno de los oficiales que el APRA tenía en el Ejército. Rizo Patrón pensó que si Rodríguez tomaba la presidencia, iba a producirse una matanza de apristas; esa era la fama que tenía: entonces alzó la ametralladora y la vació completa”.

“Cayeron todos los que estaban en la puerta en aquel momento: todos, menos Cenzano, a quien no lo tocó ni un solo proyectil,… deben haber salido 60, 70 balazos y ni uno le dió a Manuelito; Rodríguez terminó deshecho. Cenzano me dijo que miraba a los muertos y a los heridos en derredor suyo y se miraba a sí mismo, buscándose sangre, y luego miró atrás,… y vió lo que es el Perú: los “insurrectos” sacaban la pistola para tomarse presos unos a otros; muerto Rodríguez, eran de Benavides. Pertenecían a quien estuviese al mando, al dueño del poder. Así de simple”.

http://cronicasmundosocultos.blogspot.com/2009/08/la-revolucion-de-los-espiritus-4.html

 
(FUENTE: "La revolución imposible", de Guillermo Thorndike.

GUILLERMO THORNDIKE
(1940-2009)

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