Saccsamarca un pueblito construido con piedras.

Saccsamarca
(Cuento)

¡A comer trucha!, vamos a comer trucha, me dice mi primo Urbano, yo asiento con la cabeza, agarramos cada uno su palo de escoba, en cuya punta habíamos puesto una tela en forma de cabeza de caballo y unas cuerdas que simulaban las riendas, montamos cada uno en nuestro corcel de madera y al galope salimos de nuestra campiña que se llamaba Occopampa el barrio donde vivíamos aún Chiuchis (niños).

A los pocos minutos ya estábamos por Chuncuimarca, un lugar donde se habían asentado culturas preincaicas, cruzamos bajo la enorme piedra que había ahí, a la espalda del Colegio La Victoria de Ayacucho, para bajar por un caminito que usaban las lavanderas hacia el tío ichu, allí nos subimos a unas piedras enormes en medio del río y de salto en salto cruzamos el río para luego subir hasta la explanada frente al cementerio de la ciudad, por cuya puerta pasamos persignándonos en señal de saludo a nuestros difuntos y encomendando a nuestro Creador sus almas. Unos pasos más adelante nos paramos frente a la capilla del Niño Lachocc casi a las afueras del barrio de Yananaco hacia la salida para Castrovirreyna, saludamos al niño que ese día estaba vestido de Mariscalito y luego de pedir sus bendiciones, nos desviamos de la carretera por un caminito de herradura hacía el cerro, hasta llegar a las rieles del ferrocarril que en ese tiempo estaba todavía completo en su destino inconcluso hacia Castrovirreyna.

A las orillas del camino del tren hicimos nuestro primer descanso, de ahí se apreciaba casi todo el hospital y el cementerio que no lo parecía, sino un hermoso lugar con árboles y bastante vegetación, más allá mi barrio de la Ascensión.

Una vez que tomamos aire, empezamos a subir por el escarpado cerro, a medida que subíamos se hacía más parada la cuesta, caminamos en zig zag y poco a poco nos faltaba sire, luego de una media hora aproximadamente de subida nos paramos en un descanso, volteamos y teníamos a la vista el hermoso paisaje de la ciudad de Huancavelica en todo su esplendor, habíamos vencido las alturas del cerro Tesorero.

Luego de un breve descanso seguimos subiendo hasta un punto que perdimos de vista la ciudad de Huancavelica, pero se nos abría a la vez por el otro lado, un hermoso y paradisiaco panorama.

Ante nuestra vista, abajo de nosotros estaba Sacsamarca, un lugar de ensueño pétreo, no hay palabra para describir este sitio encantador, es como si el tiempo se hubiera detenido, con una naturaleza espléndida.

Allí nos esperaba una comunidad de ganaderos llena de tradición ancestral que ha sabido aprovechar los recursos de la zona y construir sus casas a base de piedras, es el pueblito más emocionante de Huancavelica, sus casas, iglesia, cementerio y puente sobre el río Disparate son a base de piedras.

Bajamos con Urbano casi corriendo hasta llegar a una plazita entre los cerros más altos, ahí mientras caminaba, recuerdo, me deleitaba con la generosidad de Dios y la bella arquitectura a base de lo que la naturaleza nos dio, piedras y solo piedras. Que delicia.

Siguiendo el curso del río Disparate uno de los más bellos espectáculos.de aguas puras y cristalinas, nos sentamos sobre el puente también de piedras, ahí intentamos pescar truchas con nuestro anzuelo, pero sin suerte, por lo que bajamos siguiendo el curso del río y nos encontramos con el cementerio también todo de piedras, desde la capilla, el cerco, las tumbas e incluso las cruces hećhas de piedras. Un poco más abajo encontramos una casita de donde salía humo, nos acercamos y era la casa de una abuelita que nos ofrece trucha frita, luego de pactar el precio,la abuelita nos sirvió una rica trucha ahumada con papas amarillas y su ccapchi que no es otra cosa que queso molido con huacatay una fina Yerba que le da un sabor único a la salsa.
Allí en Saccsamarca, en medio del cielo azul, con el río disparate que con su discurrir entona una fina sinfonía, en medio de cerros verdes adornada de inmensas piedras, con el aire helado silbando, un sol radiante que nos abrigaba, sentados en una piedra que hacía de silla, saboreamos la mejor comida del mundo y allí Urbano y yo, juramos que pese a cualquier circunstancia seriamos los primos, los hermanos, quizás ya no en este paradisiaco pueblito cerca a la mina colonial de Santa Bárbara, joya de la corona española durante el siglo XVI, sino en la vida misma…

Marino Ayuque.

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