El joven Toro Pepe

Sintió un frio helado y a la vez caliente, como si un rayo un rayo traspasara su lomo, el dolor le hizo perder el equilibrio, herido tropezó y rodó por el suelo levantando polvareda mientras escuchaba unas voces que ya parecían lejanas, voces que clamaban como oleee torero, bravooo, toreroooo.

Logró poner sus patas delanteras sobre la tierra poniendo freno a la brutal caída, siente como la tierra le abre en las rodillas un surco de carne por donde empieza a manar sangre, Pepe el joven torete, como su papa lo había bautizado, se siente desfallecer, no comprende nada, apenas pudo sobreponerse del dolor, voltea y mira como su sangre corre desde su lomo hacia su cuerpo, por su su cuello hasta caer gotas grandes de sangre caliente que mancha la tierra de rojo, logra reaccionar y con la mirada casi perdida, apenas atina ver a su verdugo, un jinete que sobre un caballo protegido con una especie de esteras que alguna vez había visto en la choza cerca al lugar donde solía pastar, el jinete blandía un fierro largo q brillaba en ese atardecer de sol que le empañaba como nunca su vista .

Sus ojos se nublaron, unas lágrimas se juntaron con la sangre, sentía perdida la vista y por un momento se le vino a la mente las palabra de su madre Toñita y sobre todo retumbaba en su mente las palabras y consejos de Mañuco su padre, quien en muchas oportunidades le había dicho que se aleje de los humanos, pero él, impetuoso y rebelde como todo joven se alejó de sus parajes y unos hombres a caballo, lo corretearon por aquellos campos y finalmente lo enlazaron y con cuatro sogas lo capturaron y llevaron lejos de su tierra y de su familia.

Mañuco, un toro ya viejo y sabio, de mirada triste, pero de una fortaleza increíble, le había contado muchas veces bajo la luz de la luna y cuando lo abrigaba en la noches heladas, sus proezas y desventuradas experiencias con los humanos, Pepe como todo joven lo escuchaba como un cuento que su padre le contaba para que duerma, pensaba que quizás su padre había recreado esas historia de su apresamiento, tortura y muchas maldades de los humanos de lo cual había logrado escapar y refugiarse bajo las altas montañas del wamanrazu.

Estaba así recordando a su familia, quizás como tratando de creer que era un sueño o una pesadilla lo que estaba viviendo, cuando otro fuerte hincón le atravesó el hombro, Pepe, rodó nuevamente por la arena que le quemaba con el roce todo su cuerpo, sintió q todos los huesos se le movían, mientras sentía como le quemaba la rodilla al contacto raspante de la tierra, mientras escuchaba de nuevo una ola de voces que decían oleeeeeeee,, oleee, muerte al toro,

Esas palabras lo estremecieron más, volvió de nuevo a sus parajes soleados, a su blanco nevado, a las charlas con su padre Mañuco, esta vez sí empezó a creer las historias que alguna vez le contó, de unas personas que habían gritado lo mismo cuando su padre estuvo prisionero, gritaban eso de olee ole, muerte al toro, torero, torero etc., un escalofrío pasó por tu cuerpo maltrecho, en esa lenta agonía, sintió otro puntillazo en el cuello muy cerca a la cabeza y sentía como una suave y húmeda chorro rojo le atravesaba ambos lomos cayendo al suelo bajo su cuerpo tendido por el dolor.

Se le salieron varias lágrimas, no entendía q mal había hecho, porque lo hacían sufrir tanto, se le pasaban imágenes por su mente como en una película, se vio cuando era un ternerito feliz, chupando una y otra vez las tetas de su mama, que le daba todo su calor, su mamá le abrazaba con sus piernas y su cola, se miraba feliz, juguetón y de rato en rato su madre le pasaba la lengua, le besaba, que feliz era, esos recuerdos le calmaron un poco el inmenso dolor que le causaba los puntillazos y las heridas abiertas sobre su lomo, por un rato quería regresar a esos tiempos.

Quiso mitigar el dolor y se abandonó en ese dulce letargo y se vio de nuevo en el campo verde, pastando a las orillas de un rio cristalino, le gustaba chapotear y jugar con su imagen que veía en el agua, se recordaba feliz correteando feliz al lado de sus primos, bajo un sol radiante, rodeado de cerros en cuyas cumbres se avistaba nieve blanca y pura, su padre los había llevado hasta esas alturas donde solo pastaban los más valientes, desafiando el frio y las inclemencias, pero era seguro y estaba alejado de los hombres, eso le había dicho su padre miles de veces; ahora que estaba tirado en un ruedo cubierto de sangre entendía la razón por lo que su papá lo había alejado de los humanos.

Estaba recordando todo esto cuando sintió varias picadas en su ya débil cuerpo, sentía como chorros de fuego ingresaban por varias partes de su cuerpo, el dolor lo hizo levantarse rápidamente y con sus ojitos aun nublados por el polvo, pudo divisar a muchos humanos, a esos que su padre le había dicho una y otra vez no se acerque, gritaban muerte muerte, torero torero, torero, en principio no entendía nada, solo añoraba estar en su campo, extrañaba el mugido de su padre y su madre que le repetían una y mil veces que lo amaban.

No pasó mucho tiempo desde que estaba enmudecido ante esa gente que se alegraba de su dolor, no entendía por que el humano lo odiaba, por que pedir mi muerte, porque?, se preguntaba,, cuando vio delante suyo a dos hombres vestidos graciosamente de colores, uno con una manta roja le movía la tela de aquí para allá, lo que lo enfurecía, sintió rabia y dolor así que embistió esa cosa roja mientras escucha el grito de los hombres en las tribunas que no dejaban de decir oleeee oleeee.

El riachuelo azulino, a donde bajaba todas las mañanas, vino a en su mente, ahí se vio junto a la Juanita una bella y vaca joven de su edad, que le movía la cola mientras bebían el agua, habían crecido juntos y conforme pasaban los años ya no la miraba como la niña que jugaba con él, ahora la veía como una coqueta y linda vaca, pensaba juntarse con ella y tener bellos terneritos, estaba así cuando sintió un nuevo y certero pinchazo caliente que le atravesó el lomo, lo volvió a la maldita realidad y le dolió hasta las entrañas más profundas, cayo aparatosamente al suelo, su cabeza choco contra el suelo y su cuerpo cual paquete se arrastró unos metros, el joven toro, sintió que era el fin, no entendía nada de lo que estaba pasando, entre si se dijo quizás sea una pesadilla, así entre sangre y un dolor desgarrador inimaginable, se vio chiquito feliz correteando por los campos, libre como el viento y alegre como él solo, le pareció ver a lo lejos a su madre querida derramando lágrimas y a su padre doblegarse como nunca lo había visto, como diciéndole hijo mío, perdóname por no haberte protegido de la maldad humana, que dios te acoja con él.

Fue lo último que escuchó, ya que alguien se le acercó con un inmenso cuchillo y le dio una estocada final que acabo con su dolor, se sintió aliviado, logró susurrar y pedir perdón a su papá y se pesó, no haber hecho caso el consejo de alejarse de los humanos y nunca pero nunca dejarse atrapar, pero ya era demasiado tarde….la maldad del hombre se había impuesto.

Autor : Marino Ayuque Rodríguez. – 2014
Dile NO al maltrato animal.

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