Celestino Manchego Muñoz artífice del Tren Macho

Durante la Era de Leguía (1919-1930), el departamento de Huancavelica había sido la auténtica propiedad de Don Celestino Manchego Muñoz, jefe de montoneras, perpetuo ministro y, salvo una corta desgracia a la caída del tirano, ininterrumpido representante al Congreso por esa región del país. Famoso en los años ‘20s del siglo pasado, las edad lo obligó a retirarse de la escena pública en los ‘60s.
Más de una vez se había puesto a la cabeza de 200 jinetes para imponer respeto a su condición de “principal” de Huancavelica. La más importante de sus haciendas, “Sinto”, era más grande que Bélgica. A ella se agregaban, a modo de satélites de su cacicazgo, medio centenar de fundos. A Manchego, rabioso antiaprista, lo buscaban los candidatos: era imposible que perdiera una elección; todo le pertenecía: jueces, ánforas, autoridades, caminos, policías,… electores.

En Lima se alojaba en el Gran Hotel Bolívar y más tarde, en mansión que se hizo construir. Una vez al año dejaba la capital para controlar personalmente sus intereses en la cordillera. Viajaba por el tren Transandino hasta Huancayo; ahí lo esperaba su célebre “Tren Macho”: una locomotora de 2 vagones que le compró aun archiduque en desgracia y que trasladó desde los Balcanes hasta los andes. Se le llamaba así por que se detenía “a lo valiente”, en cualquier parte de la línea, simplemente donde lo mandara Don Celestino: el humilde tren de itinerario se quedaba a veces inmovilizado a veces toda la tarde, mientras terminaba de almorzar con un compadre a la mitad del camino.

Ya en Huancavelica, lo recibían en la estación de 2 a 3,000 indios de sus haciendas, para cargarlo en hombros hasta el hotel. Después de un descanso, en el cual la indiada acampaba en la plaza, Don Celestino recibía a los personajes importantes de la ciudad; a todos prestaba favores (según hubiese confirmado su fidelidad). Luego montaba en una mula con aperos de plata y seguido por caporales, látigo en mano, y con su leal infantería de indios, partía hacia sus propiedades. Mestizo fornido, de bigote espeso y espejuelos, Manchego los hacía acampar la primera noche a 5,300 metros de altura la primera noche, en medio de la nieve, para luego bajar a “sus” valles. Ahí se detenía y sin desmontar, permitía que los vecinos se le acercaran a besarle los estribos. Luego les daba un discurso en quechua (idioma que hablaba desde la infancia); llamaba, a los indios “sus hijos amados”,… y los reprendía por emborracharse y no entregarle la totalidad de sus cosechas: luego los perdonaba y ordenaba al mayoral que distribuyera una enorme bolsa de monedas de plata entre sus “hijos”. Picaba espuelas y desaparecía en una polvareda,… solo para detenerse en el próximo recodo para esperar al caporal que le daba alcance para devolverle las monedas. Tres de sus mayorales fueron asesinados. Otro murió de viruela y un quinto renunció: casi sesenta años tardó la indiada en descubrir el engaño.

(FUENTE: “La revolución imposible”, de Guillermo Thorndike.

Foto: llegada del primer tren en 1928 a Huancavelica.

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