Entrevista al Ing. Alberto Benavides de la Quintana, el minero

La fortuna de los Benavides de la Quintana y el grupo Buenaventura tienen sus orígenes en Huancavelica, específicamente por la explotación de la mina Julcani.

Alberto Benavides de la Quintana, el minero.
Entrevista de Abelardo Sánchez León y Eduardo Ballón Echegaray

Alberto Benavides de la Quintana ha sido nombrado por ADEX el «empresario del año». Se trata de un justo reconocimiento. Su sencilla personalidad y su ánimo afable van de la mano con aquella conciencia del trabajo tenaz y el amor a las serranías, sobre todo huancavelicanas. En las siguientes páginas de la revista nos abre su vida mediante juicios reflexivos y vigorosos.

– Usted ha sido testigo de una parte significativa del siglo. ¿Qué momentos destacaría?
– Bueno, a mí me ha tocado vivir en la época del Mariscal Benavides. Cuando yo estaba en la Escuela de Ingenieros, el Mariscal Benavides estaba en la Presidencia. Me acuerdo de la muerte de Sánchez Cerro el año 33, el mismo día en que moría mi abuela. Eso fue un caos. Había que ver lo que era la anarquía. Después vino el presidente Ricardo Leoncio Díaz, que gobernó durante tres días. Era presidente de la Corte Suprema. Después vino el Mariscal Benavides hasta el año 39… Manuel Prado, Bustamante y Rivero, fueron momentos de gran expectativa en el Perú porque todo iba a cambiar; la elección de Bustamante y Rivero fue la puesta en marcha del Frente Democrático Nacional, la unión del APRA con Benavides y que El Comercio llamaba «el maridaje vergonzoso». Pero Benavides murió antes de que Bustamante tomarar el poder, a Benavides le dió un paro cardiaco y quedó muerto.
Finalmente vino el golpe de Odría. Por cierto, no quiero quitarle el mérito, pero indudablemente que la guerra de Corea lo ayudó muchísimo, pues gracias a ella hubo una época de bonanza impresionante. Odría era un convencido de que había que aprovechar esos precios de los metales y dio el código del año 1950, el código de minería, un código ciertamente muy promocional y si ustedes me preguntan, yo como minero no debería decirlo, me pareció quizá demasiado promocional. Pero lo cierto fue que se hizo Toquepala y ese código, promocional o como quieran llamarlo, produjo una fuerte corriente de inversiones en el Perú

– ¿Desde el punto de vista de la minería el gobierno de Velasco favoreció o no la actividad minera?
– No. Ciertamente la minería extranjera fue jaqueada. Pero firmó el contrato de Cuajone. El contrato de Cuajone fue el único que se firmó y todo lo demás se les expropió a las compañías extranjeras; así que se produjo una situación de inseguridad tremenda.

– ¿Y la mediana minería?
– La mediana minería no fue tocada, pero tampoco se la apoyó. Había en aquel momento la teoría de la sustitución de importaciones llevada al extremo, y era muy difícil para la minería pues no podíamos importar nada.

– El Perú es un país minero por excelencia…
– Yo diría que sí.

– ¿Cómo se siente un minero nacional, en un país de gran tradición minera, frente al capital extranjero?
– Yo creo que hay sitio para todos. Alguna de las cosas que, por ejemplo, no se dice, es que en el Perú hay una tremenda diversidad de yacimientos. Hay de todo. Existen inmensos yacimientos de óxido de cobre que requieren un enorme capital y está bien que pueda participar el capital extranjero, porque en el otro extremo hay las vetas de alta ley. Hotchild acaba de encontrar, por ejemplo, la mina Are, una mina que tiene una onza de oro por tonelada, que es una veta de alta ley que está explotando y que a Southern Perú o a Río Tinto o a Newmon, nuestro socio, no les va a interesar.
Aparte de esto hay yacimientos como Antamina, lo que es distinto.
Pero seamos realistas, hay inversiones que son imposibles para nosotros, de 2 mil 400 millones de dólares y nosotros no podemos pensar en inversiones de esa magnitud. Pero después hay yacimientos como éste que están abriendo en Tambo Grande, en Piura, yacimientos de 40 millones de toneladas donde la inversión que se va a requerir es de 200 o 300 millones de dólares. Los peruanos no necesariamente debemos asustarnos ante esas cifras, porque en minería el yacimiento una vez que uno ha probado que es económico, se convierte en parte de la garantía de un préstamo. Uno no tiene el dinero -no vamos a decir que los peruanos tenemos 200 o 300 millones de dólares para colocarlos en esas inversiones-, pero sí tenemos la capacidad de financiarlos porque existe la nueva tendencia de hacer lo que los gringos llaman Trochet Finance donde, en realidad, uno pone el proyecto y lo financian. Estoy seguro de que mucho de Antamina se está haciendo con el Trochet Finance. Para eso se necesita, además, un cierto respaldo económico que los mineros peruanos sí podríamos dar para una cosa chica, no para Antamina. Hay yacimientos que están explotando Simpsa en la selva, en San Ramón, mantos importantes de zinc que se han ido abriendo poco a poco. Yo no creo que nosotros, los mineros peruanos, veamos con resentimiento que vengan los norteamericanos; todo lo contrario, yo creo que es posible la coexistencia. Y no solamente la coexistencia, sino que, en el fondo, si bien es cierto que el ingeniero peruano está preparado para el trabajo minero con las nuevas tecnologías, muchos peruanos hemos visitado las minas de afuera y nos hemos dado una idea de cómo se hacen las cosas, porque una cosa es verla en Estados Unidos y otra verla aquí, en el Perú. Cuando en el Perú vemos que se puede hacer esto, que se puede hacer lo otro, bueno,

}¿por qué no lo podemos hacer nosotros? ¿No?
Yo creo que todos los ingenieros vemos con gusto que vengan estas empresas, porque en primer lugar ofrecen oportunidades de trabajo y en segundo lugar traen nueva tecnología que se puede aplicar en nuestro territorio. Creo que eso es importante. Saber que no solamente se puede hacer en Estados Unidos, sino que se puede hacer acá.

– ¿Cómo nace su vocación minera?
– Yo voy a la Escuela de Ingenieros porque quería ser ingeniero. Estuve un tiempo en Ingeniería Civil -desde chico me gustó jugar con todo lo que fuera construcción-, con la idea de ser ingeniero civil, pero estaba Benavides de presidente y pensé que lo de ingeniero civil estaba muy vinculado al Estado por obras del gobierno… ¡Por obras del gobierno y todo lo demás! Entonces, yo consideraba que al llamarme Benavides iba a incomodar al presidente; pero Benavides era muy cuidadoso en ese aspecto y decía «no, un Benavides no puede agrarrar esa obra», siempre lo escuché, «tiene que ser otro». Y traté, entonces, de hacer una vida más independiente de los vaivenes de los gobiernos, y así lo he hecho. Nunca he estado metido en política, nunca he estado metido en el gobierno y me he mantenido independiente. Ingresé a la Facultad de Minas y allí encontré que había unos cursos de geología y minerología que me fascinaron, y poco a poco me fui interesando más y luego, al terminar mi carrera, me enteré de que la Cerro de Pasco daba dos becas para los alumnos de la Escuela de Ingenieros, y las tomamos Alfonso Ballón Eguren y yo. Eramos diez alumnos. En 1941 terminamos en la Escuela de Ingenieros y el 42 nos fuimos a Estados Unidos. El llegó dos días antes que yo por algunos documentos que me faltaban. Cuando llegué, el gerente de la Cerro de Pasco, un geólogo -dicho sea de paso-, me dijo, «bueno, tú has llegado tarde, dos días después; el señor Ballón ha escogido metalurgia y lo único que tenemos para ofrecer es geología», que era lo que a mí me gustaba. Yo fui a Harvard y estudié geología; allí saqué mi master. La beca de la Cerro de Pasco era de un año, pero ya al final había conocido a mucha gente, tenía algunos contactos y me busqué mis trabajos por allí, por allá, para poder quedarme un año más. Me acuerdo que uno de los trabajos fue en Polaroid, que hacía las máquinas fotográficas. Después trabajé en traducciones y en una serie de cosas. Total, me quedé los dos años y regresé contratado por la Cerro de Pasco como asistente geólogo. Yo estuve seis años trabajando en Cerro de Pasco y llegué a ser jefe de exploraciones; después me trajeron a Lima porque habían formado un departamento de exploraciones y deseaban que fuéramos a visitar todas estas minas. Visitamos Antamina y se recomendó que la Cerro de Pasco la adquiriera, y la adquirió, pero bajo una forma en que no la pudo desarrollar, y ahora la están desarrollando otros señores. De ahí fuimos a Tintaya. Visitamos una serie de minas que la Cerro de Pasco compró. Después se complicaron las cosas y no se pudieron desarrollar. Bueno, estando yo de jefe de exploraciones se acercaron los funcionarios de la sociedad minera Suizo-Peruana, dueños de una mina en Huancavelica, arrendada a la Cerro de Pasco, para que hablara yo con mi jefe y nos la dejaran en arriendo, que estaban dispuestos a rebajar la regalía. La Sociedad Minera Suizo-Peruana había decidido vender la mina a quien fuera, pero eso no era fácil y después de largas conversaciones finalmente los convencí de que en lugar de eso por qué no me permitían tomarla en arriendo. Yo nunca había trabajado en Julcani, ni mi función tenía nada que hacer con Julcani; yo estaba en exploraciones, pero conversando con ellos les dije que si podían pensar en un arrendamiento, yo estaría interesado. Total, se presentó la oportunidad de arrendar la mina y yo la tomé, pero me dijeron éste es un arrendamiento de un año y lo que sí podemos hacer es darle una opción de compra muy barata. Efectivamente, la opción de compra parecía barata para lo que había allá en Julcani. Había toda una inversión, pero yo no tenía el dinero para comprarla ni pensaba hacerlo. Yo pensé que lo mejor era trabajarla y al final del año les pediría otro año más y después otro año más y, bueno, iría trabajándola hasta que se pudiera comprar la mina. Al final, cuando yo les dije para extender el arrendamiento, me dijeron que no, pues había un grupo de accionistas que querían trabajar la mina. Entonces no me quedó otra cosa que formar Buenaventura y empezar a operar. Formamos Buenaventura con la Cerro de Pasco, participó la propia Sociedad Minera Suizo-Peruana Julcani con 20% cada uno y un grupo de amigos míos y mis hermanos y qué se yo pusimos el resto. Compramos Julcani. Por eso tiene un nombre así de raro, Compañía Buenaventura, porque no hay ninguna mina que se llame Buenaventura.

– ¿El nombre apareció de pronto?
– La mina era Julcani. Yo proponía trabajarla por un año, además no se veía grandes reservas minerales; «esto no va a durar mucho», decía yo, «y si la llamo Compañía Minera Julcani no hay futuro». Ya existía la Sociedad Minera Suizo-Peruana Julcani, entonces podría haberla llamado Julcani, podría haberla llamado Huancavelica, pero como se pensaba que esto era una cosa muy precaria, temporal, chica, dijimos «bueno, vamos a buscarle un nombre más general». La Buena Suerte, La Esperanza, !qué se yo! Cuando una amiga mía nos sugirió el nombre de Buenaventura y yo me fui al diccionario: buenaventura quiere decir buena suerte, pero es también aquello de las gitanas cuando le leen la mano a uno: el destino. Buenaventura es el destino. El futuro, lo incierto de la vida. Me pareció que el nombre era bueno y le pusimos de nombre Compañía Buenaventura.
Estoy hablando de 1953 y tengo que confesar que agarramos la guerra de Corea, el código de minería del año 1950, muy promotor y que nos ayudó muchísimo a que saliera Julcani adelante. Cuando vimos que cada día era más difícil encontrar mineral, empezamos a buscar otras minas y nos fuimos a Huachocolpa. La organización que tenemos en Julcani la llevamos a Huachocolpa, que también queda en Huancavelica. Encontramos una mina de plomo y zinc que fue muy buena; resultó por quince años, pero después ha sido un dolor de cabeza. En fin, ahí se ha seguido trabajando y todavía se está trabajando, pero buscamos otra mina y nos fuimos a Orcopampa, en Arequipa, y aquí en el departamento de Lima está Uchucchacua. Tenemos otras minas, pero nuestro nacimiento fue en Huancavelica. Yo estoy interesado en Huancavelica, en hacer algo con Huancavelica.

– ¿Cómo era su vida cotidiana? ¿Venía a Lima, tenía una novia, era casado, soltero..?
– No, no, al llegar…

– ¿Cómo condicionó su vida..?
– Yo me fui a Estados Unidos enamorado, no estaba de novio, ni nada, me fui más o menos comprometido y ella hasta ahora se queja. Se queja de que yo no le dijera toda la verdad. Yo le dije que me iba por ocho meses y me quedé dos años, pero la verdad de las cosas es que yo había pensado en seguir ese curso y después regresar, pero me fue tan bien en el curso, conseguí un trabajo durante el verano y mi profesor me dijo «oiga usted, si es aficionado a la geología, termine acá su master y llévese su título. Nunca se va a arrepentir». Por cierto que ella no me escribía. Yo le escribía todas las semanas, pero ella ya no me escribía. Al llegar a Lima me fue a recibir al aeropuerto; según las malas lenguas, mi padre fue a buscarla y le dijo «vamos a recibirlo». Ella no quería pero fue a recibirme al aeropuerto de Limatambo, esto fue el año 1944, y después nos casamos. Nos casamos un año después.

– ¿Antes de vivir en Cerro de Pasco?
– Estuvimos cinco años viviendo en Cerro de Pasco.
Después me trajeron a Lima como jefe de exploraciones, tal como les he dicho, pero al poco tiempo alquilé las minas de Julcani. Mi esposa se fue conmigo y vivimos en Julcani. Los chicos se quedaron en Lima, con la abuela, porque tenían que ir al colegio, pero ella me acompañó mucho y estuvimos en total doce años en Huancavelica, hasta que a alguien se le ocurrió que querían un gerente general en la Cerro de Pasco.
Fui presidente de la Cerro de Pasco de 1964 a 1971, y viajaba a la sierra con frecuencia. Veía que mi contribución estaba más allá que acá, y el año 71, bueno, se produjo un cambio en la gerencia de Nueva York. La decisión fue -era la época de Velasco- no trabajar en minería; no trabajar en el Perú. El Perú es inhóspito para nosotros, no nos sentimos bien recibidos y lo que hay que hacer es desarrollar industrias en Estados Unidos y no hacer ninguna inversión en el Perú. Esa era la posición. Sobre esa base era poco lo que yo podía contribuir en la Cerro de Pasco. Entonces, en 1971 en Nueva York, con un breve cambio de palabras -no muy cordiales que digamos-, me retiré de la Cerro de Pasco y me fui a la Universidad Católica. Regresé a Lima y el padre Mc Gregor le había dicho a mi hijo Alberto que quería hablar conmigo antes de que yo hablara con nadie. Quería una persona para asumir la jefatura de la sección Minas de la Universidad Católica y él consideraba que al haber trabajado bastante en la práctica minera, debía hacerme cargo de la Facultad de Minas de la Católica. Pasé cinco años muy agradables, porque realmente hicimos la Facultad de Minas; el que la hizo, en realidad, fue el padre Mc Gregor que ya había establecido contactos con gente en Inglaterra para que nos mandaran equipos para el laboratorio.

– ¿La mano de obra minera ha cambiado? Hay la idea de que es una vida dura, incluso injusta.
– Sigue siendo dura. Yo no le puedo decir que la minería es una labor fácil, pero por alguna razón el minero, el verdadero minero -nosotros tenemos en el Perú la figura del agricultor que en tiempo de cosecha y siembra va y viene a las minas a ganarse un poco de plata en la época en que no está en siembra ni en cosecha-, porque ése no es el minero; él viene a ganarse unos centavos y después se va. Pero el minero que realmente llega a compenetrarse con la minería, tiene una fuerza especial. Esa gente goza tanto como el dueño de la empresa cuando logra una producción mayor, porque hay una mística que se produce en el minero profesional.
En la época de la Colonia eran los mitayos. Claro, no salían nunca o salían una vez a la semana, ellos dormían dentro de la mina. Hoy no es así. Tienen comedores limpios, todavía hay quienes quieren salir a almorzar a su casa, pero eso toma un montón de tiempo y el minero quiere, generalmente, trabajar a destajo y no perder tiempo; ellos almuerzan en esos comedores que tenemos en las minas.

– Las mujeres, ¿qué papel cumplen en la vida del minero?
– Son las compañeras. Desgraciadamente, como ustedes lo saben, hay más analfabetismo en mujeres que en hombres. Y nosotros hemos notado que en las minas hay más alcoholismo en las mujeres que en los hombres.

– ¿Sí?
– El hombre toma para divertirse. Al día siguiente está en el trabajo, suda y la borrachera se le va, pasó. Pero la mujer…
– Se trata de campamentos mineros, ciudades mineras…
– Siempre ha existido el campamento minero, que era un poco la ranchería, pero de un tiempo a esta parte casi todos los campamentos se han organizado como pequeñas ciudades. En el caso nuestro, y no fue por mayor promoción social ni ninguna de esas cosas, sino por una razón práctica y sencilla: la Sociedad Minera Suizo-Peruana Julcani había comenzado la operación en Julcani en 1938 y en el 44 estaba en quiebra. Ellos no se iban a preocupar, tenían otros problemas, no podían preocuparse mucho por la vivienda. De 1944 a 1952 entró la Cerro de Pasco de arrendataria y tampoco iba a mejorar el campamento, pues sólo estaba de paso. El año 52 vengo yo de arrendatario y el 53 se forma la compañía, con las angustias que toma desde el comienzo, las deudas que teníamos que pagar. Entonces llegó el año 55 y el campamento era una vergüenza, y nosotros vimos que debíamos hacer algo, y analizamos cómo lo podríamos poner mejor; llevé a mi primo hermano, el ingeniero Ricardo Malakowski Benavides. El me hizo un plano para remodelar Julcani, que incluía una serie de aspectos. Como anécdota, también les puedo contar que es interesante también desde el punto de vista sociológico. Llamé a los fundadores y les dije: «éste es el plan, es un plan por supuesto ambicioso; no tenemos dinero para hacerlo de golpe, pero poco a poco. ¿Qué quieren ustedes que se haga primero?». No había hospital, no había cine, las casas eran realmente muy pobres debido a esta historia que había vivido Julcani, ¿y ustedes saben qué contestaron?: «la escuela. Olvídense de las casas, estamos bien; hagan la escuela». Y se hizo. Después yo tuve la oportunidad de ir con el arquitecto Luis Ortiz de Zevallos a Julcani y le dije «cómo podríamos seguir haciendo este trabajo». Su impresión fue que no tenía forma de mejorarse y que si queríamos realmente mejorar la condición de vida de los trabajadores debíamos hacer un pequeño desarrollo urbano cerca de la carretera. Me esbozó un sitio y allí se construyeron 200 casitas, se hizo una placita de armas, la ciudad de Cocha Ccasa, el pueblo de Cocha Ccasa donde vive gran parte de nuestros obreros.

– ¿De dónde venían?
– De la mina de Julcani. No sé si el término «aquerenciado» es correcto; pero la mina era la querencia. Estaban ahí, pero contentos. Se habían hecho de un grupo de gente, y no querían moverse. Nos costó un poco de trabajo que se empezaran a mudar. Todavía hay gente que vive en Julcani, por supuesto, pero también hay gente que vive en Cocha Ccasa.

– ¿Cómo afectó el accionar de Sendero Luminoso al departamento?
– Mucho.
– En la cuestión minera.
– Tremendo. Tremendo porque las familias, en especial las familias de los ingenieros, no querían ir allá; estaban aterrados, y yo mismo, y no por mí; yo he estado allá mientras he podido viajar, y he viajado, pero me decía: cómo mando a este ingeniero a hacer esta exploración en ese sitio descampado.
– Hubo una cierta lógica de aislar las minas, ¿no?, de bajar la producción, de boicotearlas.
– Claro, pero lo que hacían era más que otra cosa asaltar las mercantiles, se llevaban toda la mercadería que había ahí y no faltaba algún resentimiento contra algún ingeniero. Lo cierto es que ajusticiaron a más de uno.

– ¿Por qué la filosofía de las ciudades mineras que acompañan la intervención de la Compañía Minera Buenaventura no se ha generalizado?
– Sí se ha generalizado. Claro, había que probar un poco y lanzar la idea, y demostrar que se podía hacer. Cuando hemos visto que se hace en Toquepala, en Yanacocha, en Marcona, se puede hacer. Y vemos los cambios que han traído en Tintaya y Cerro Verde. En Tintaya hay una ciudad minera.

– Ustedes fueron los precursores.
– De alguna manera. En realidad, debo decir que el que empujaba todo esto era Lucho Ortiz de Zevallos, con quien yo mantenía una gran amistad. El era un gran entusiasta de las urbanizaciones mineras. El hizo todo un diseño de esto. Fíjese, la idea de todo salió de La Oroya cuando yo era presidente de la Cerro de Pasco, y él pensó que debíamos hacer una ciudad y yo le decía una urbanización en La Oroya, una cosa un poco más organizada, y él me dijo «no, La Oroya no tiene salvación, vamos a Pachachaca» y él diseñó una ciudad en Pachachaca, pero la Cerro de Pasco nunca la quiso hacer.

– ¿Usted sintió dificultad, falta de comunicación con la sindicalización minera?
– No, la verdad, siempre tuvimos un buen diálogo. En Huancavelica y en Arequipa hemos tenido algunos problemas, hasta el año pasado; este año no los hemos tenido, a Dios gracias. El año pasado tuvimos una huelga aquí, en Oyón, en Uchucchacua, que después se arregló muy bien. Nosotros tratamos de evitarla, pero según nos dijeron la gente se había ido a sus chacras, era tiempo de cosecha y eso, y dijeron «no, mejor nos vamos» y se quedaron unas tres semanas. Después regresaron tranquilos y aceptaron todas las funciones.
Pero hoy día, por ejemplo, siguiendo un poco la filosofía de Pinchacua -en Pinchacua también tenemos un núcleo urbano- estamos haciendo el pueblo de Oyón, que está a una hora de la mina de Uchucchacua. Hay mucha gente viviendo en Oyón y eso constituye una cuestión de higiene mental importante: dejar la mina y pasar a otro ambiente.

– Usted estudió en el colegio de La Inmaculada, ¿no es cierto?
– Sí.

– ¿Qué recuerdos tiene de La Inmaculada?
– Jesuitas, pues, hasta ahora soy jesuita. Sigo siendo jesuita. Para bien y para mal; hablen lo que quieran. Yo soy muy amigo de los padres. Pienso que el sentido individualista en los jesuitas se basa en el hecho de que el individuo tiene que responder por sí mismo. Aparte de eso, le enseñan a uno que hay que ser muy solidario y ayudar a los otros, pero no esperar que lo ayuden a uno. Me parece que esa es la filosofía de ellos. Y la verdad es que yo tengo muy buen recuerdo, hice mis diez años en La Inmaculada.

– ¿ Sus hijos también han estudiado en la Inmaculada?
– Yo quise que mis hijos fueran a La Inmaculada, pero había ese asunto del inglés que es tan importante; fueron al Santa María.
Ahí se educó Alberto, mi hijo mayor, quien ha estado siempre muy interesado en el saber. Quiso ser antropólogo. Después abandonó la antropología, y pasó a la filosofía. Ahora último ha estado de profesor en la Universidad de Huamanga por un semestre, y pronto regresará a Ica. Pero le gusta. No es un hombre de ciudad. Y bueno, no me quejo de mis hijos, porque generalmente se han dedicado a su trabajo y a sus cosas. Alberto tiene su forma de trabajar escribiendo sobre filosofía. No trabaja en las minas. Los otros dos sí, los otros dos hombres. Yo tengo cinco hijos.

– ¡Cinco?
– Las otras dos son mujeres y están casadas.

– ¿Alberto, el mayor, cómo así respiró una atmósfera de cultura humanista viniendo de un hogar tan científico, digamos?
– Qué secretos tiene la vida, ¿no? Yo creo que quizá exageré de chico llevándolo un poco a la mina. Recuerdo haberlo metido a socavones y el pobre salía asustado. Al final lo asusté yo. Ahora, con toda mi dedicación a la geología, me fascina un libro de historia. Soy un gran lector.

– ¿Le gusta la literatura?
– Sí.
– Scorza, ¿qué le pareció?
– El famoso Redoble por Rancas… Redoble por Rancas, muy interesante; sobre todo para mí es muy interesante porque yo he estado en Rancas y en Yurahuanca, y en todas esas zonas donde se supone que todo esto tenía lugar. No sé si fue ahí donde se produjeron todos los hechos pero, en fin, los relata muy bien.

– Le gusta Arguedas…
– Arguedas me ha parecido fabuloso. No me gustó El Sexto, porque era tan desagradable, pero la cosa serrana de Los ríos profundos y Yawar fiesta, sí. Porque además él menciona, el cerro Jarhuarás, y en Carhuaz yo tengo la puntería puesta porque ahí hay unas vetas increíbles. Hay unas vetas muy buenas. Yo sigo creyendo que ahí hay que hacer algunos taladros, algún túnel, para cortar Jarhuarás. Nosotros lo hemos denunciado.

– Y, ¿qué piensa de aquellas ideas religiosas sobre los cerros?
– ¿Los apus?

– ¿Usted cree en los apus?
– Tanto como que crea en eso, no. Pero ciertamente…

– ¿Y la presencia de la mujer en las minas trae mala suerte?
– ¡Ya no! Ahora entran. El otro día han estado en Julcani mi hija con una serie de chicas -tengo dieciséis nietos-; de ellos había varios que decidieron ir a Julcani por las Fiestas Patrias. Me dicen que han entrado a la mina. Han entrado a la mina todas las mujeres y estaban fascinadas. Me temo que tengo un nieto que va a ser minero -todavía tiene dieciocho años- pero le pidió al intendente si podía quedarse con el overol y la correa de minero, y el casco y las botas, con su uniforme completo de minero.

– ¿Qué papel cree que cumple la minería en la economía del país?
– La minería tiene un poder de descentralización tremendo, porque genera fuertes focos económicos lejos de las ciudades. Las minas no están en las ciudades. La mina de Julcani desde hace sesenta años -yo la llevo trabajando hace cincuenta años- es la única actividad económica importante que hay en la zona. Me parece que es una responsabilidad tremenda cerrarla. Por supuesto, vamos a hacer todo el esfuerzo posible en la medida en que no nos desangre para mantener esa operación, porque cuando se abre una nueva mina viene un gran movimiento económico. Huancavelica es una ciudad de gran tradición minera; muy antigua, pero, por supuesto, desde el día que se cerraron las minas de mercurio esa ciudad vive muerta. Esa es mi preocupación. Qué se puede hacer por Huancavelica; qué podemos hacer. No se trata de ser benefactor sino de sembrar ideas para que la gente haga algo. Si es el desarrollo de la alpaca, del ganado vacuno, los quesos, si se les enseñara a hacer queso más presentable, más vendible, en pequeña escala, si se pudiera hacer… La minería puede crear estos focos de desarrollo. Al norte de la ciudad de Huancavelica hay una importante mina de cobre en la cual también nosotros estamos involucrados, veamos qué resulta. Ojalá resulte, digo yo. Yo ya no la voy a gozar, porque me estoy acercando a los 80 años… Pero que la ciudad de Huancavelica sí la goce, y si me alcanza la vida para hacer algo, insistiré para que la gente viva en Huancavelica, para que le dé impulso a la ciudad y que venga mayor desarrollo.
En Cajamarca, en la mina de Yanacocha, todo el mundo vive en Cajamarca. El presidente de la Cámara de Comercio de Cajamarca me dijo molesto que no comprábamos ni una tuerca en Cajamarca, pero yo no sé si hay tuercas para vender en Cajamarca. Además, ¿cómo van a ir a comprar tuercas, si uno hace un pedido grande y no les alcanza?; se quejan también de que los arrendamientos han subido desde que ha llegado la mina. Yo lo siento mucho, pero es bueno para los cajamarquinos que haya subido el precio de los arrendamientos. Los propietarios de las casas van a tener más movimiento. El costo de vida ha subido porque hay más clientes, pero este hecho económico tiene un enorme poder de descentralización. Cajamarca era ciertamente otra cosa cuando nosotros empezamos esta exploración; en Cajamarca había un avión a la semana y hoy hay tres vuelos al día. Yo creo que es una gran satisfacción para el empresario minero verse envuelto en una actividad que indudablemente descentraliza, que desarrolla el país, porque se necesitan mejores carreteras, escuelas, facilidades de salud, que la minería está dando. Yo creo que se está haciendo una buena labor y hay que seguir transitando por ese camino, así sea comprendido o no.
-¿Qué otros elementos de modernización cree usted que han sido importantes en este tiempo?

– ¿En este tiempo? Como actividad productiva no hay una similar a la importancia de la minería; la pesquería, por ejemplo, ha sido menor.
Pero, bueno, no olvidemos a la ciudad de Chimbote, que si bien ha crecido en forma desorganizada, no ha traído todo el beneficio que hubiera podido. La pesquería ha desarrollado la costa. Vean: yo tengo una gran esperanza en Camisea; yo creo que la gente en el Perú no ha llegado a comprender que no solamente Camisea es fuente de energía, sino que es fuente de industrialización. La industria petroquímica va a poder desarrollarse en forma importantísima con el gas de Camisea. Y toda industria que use calor como energía se va a ver beneficiada; va a ser un factor que industrializará el país. El propio cemento con el gas se va a beneficiar, la Backus y Johnston, y tantas otras industrias que se pueden establecer en el país siempre y cuando haya energía calórica, térmica, barata, que no es lo mismo que la energía eléctrica. La energía eléctrica está bien, pero es antieconómica para generar calor. Tratar de hacer una fundición con electricidad resulta carísimo. Se habla del carbón en el Perú, que las reservas de carbón en el Perú son buenas, pero el carbón bueno para la industria es la hulla. En Oyón hay carbón bituminoso así como en Jatunwasi, cerca de Huancayo. El carbón nunca va a poder competir con el gas como fuente de calor. El gas va a ser fabuloso para la industrialización y modernización del Perú. Yo no creo que se ha entendido en esa forma. Se cree que es una manera de competir con las hidroeléctricas, pero jamás se va a poder competir. La energía hidroeléctrica, una vez hecha la inversión, es la más barata que hay si es que no se consideran los intereses de la inversión original. La hidroeléctrica tiene su sitio y está, pues, muy bien que se haya hecho San Gabán y que se recupere Machu Picchu y que se hagan esas otras hidroeléctricas. Pero Camisea no va a venir a hacerle competencia. Camisea va a venir a modernizar el país con la industria petroquímica y con toda la otra industria térmica, otra industria consumidora de calor. Y va a industrializar el país.

desco / Revista Quehacer Nro. 119 / jul. – Ago. 1999

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